Introducción

“Solo” es un relato corto inquietante, que nos pone en la piel de un sobreviviente a una experiencia cercana a la muerte.

Sigue leyendo para experimentar un instante de inquietud e incertidumbre.

Tiempo de lectura: ~ 3 minutos

Solo

I

Estaba solo en la oscuridad, no podía ver nada, estaba todo negro o quizás todo blanco, no lo comprendo en realidad. “¿Acaso lo que siento es real?”, “¿Dónde estoy?”, preguntas que hice para mis adentros, aunque para ser completamente honesto no conocía ningún lenguaje.
Caminé y corrí, me esforcé tanto que un sudor helado o quizás tibio humedeció mi cuerpo, o al menos eso pensé, ya que al intentar secarlo no había nada.
A veces me faltaba el aire, aunque no parecía estar respirando. Estaba atrapado y a la vez libre, no había limites en mi andar, pero tampoco un lugar donde ir.

El tiempo no avanza.

II

 Una luz brillante me cegó, ahora todo se veía del color opuesto, blanco o quizás esta vez sí era negro.
“¿Qué es esto?” pregunté y sentí un ligero calor en mi garganta. Esta vez estaba seguro de haber pronunciado realmente aquellas palabras, sé que salieron de mi boca.
Sentí unos brazos que me rodeaban y una mujer que decía: “Estás vivo! Creí que te perdía para siempre”. En medio de la confusión vislumbré una silueta conocida, una mujer que lloraba.
Lentamente fui dejando atrás mi estado de confusión absoluta y comencé a recordar.
Estaba manejando mi vehículo como de costumbre, pero luego hubo una explosión y una luz cegadora. Al evocar ese recuerdo un espasmo involuntario y horrible sacudió mi cuerpo.
 Al parecer había tenido un accidente y mi corazón dejó de latir, pero los cirujanos hicieron un gran trabajo y me trajeron de vuelta.
Mi esposa me contó entre sollozos todo lo que había pasado, al parecer los médicos tuvieron que amputarme las piernas. Es gracioso en realidad, en ese momento sentía que aún las tenía conmigo, incluso podía mover los dedos de mis pies. Pese a la terrible noticia no sentí ni siento pena por haber perdido mis piernas, no creo necesitarlas.

III

 Entrada la noche el hospital estaba en silencio y el ruido de la calle se sentía muy lejano. Una ligera brisa en mi cara me proporcionaba una agradable sensación. Cerré mis ojos y disfruté el instante de paz.
Un instante que duró poco ya que una persona se asomó por la puerta para hablarme e interrumpir mi tranquilidad.
No tenía la necesidad de hablar con aquella persona, pero de todas formas respondí por cortesía, aunque con un ligero enfado:

“Estoy bien, no te preocupes. Necesito estar solo, nada más.”

Y me dejé caer por la cornisa.